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18 jun 2016

De la ciencia ficción en la literatura borgeana


En el aniversario de Jorge Luis Borges, el Ministerio de Cultura de la Nación de su país natal conmemoró los ya treinta años de su muerte, creando un hashtag y una serie de vídeos donde booktubers y conocedores del autor discutían sobre sus obras y particularidades.

En uno de estos vídeos una booktuber, llamada Juli Ferraro, y la famosa Beatriz Sarlo, conversaron acerca del autor, la conversación se hizo problemática cuando la joven plantea la posibilidad de que el Aleph, singularidad presente en el cuento El Aleph, fuese una predicción de la existencia del internet, ante esto la reconocida Beatriz Sarlo interrumpió a su interlocutora asegurándole que el Aleph no es una aparato tecnológico y Borges no es Julio Verne o H.G. Wells (exponentes clásicos de la ciencia ficción). Posteriormente, Beatriz Sarlo evade la contradicción recordando la multiplicidad de interpretaciones sobre las obras del escritor, lo cual comentó antes y reafirma después.

Lo problemático no es que eso llamado -Aleph- sea o no un objeto en Borges, abriéndose campo entre el simbolismo y la imaginación, una discusión que va desde lo literario hasta lo filosófico. Lo que se debe discutir es que la visión de Beatriz Sarlo de la ciencia ficción es pobre, limitada a solo dos referentes, importantes, pero no los únicos conocidos por Borges.

Cabe anotar que gran problema es definir la ciencia ficción, que no el único, y delimitar sus fronteras, cuando para la imaginación tales límites son inexistentes y, por el contrario,  se presenta mucha más variedad de la esperada, lo que recrudece el problema de encasillar la desasosegada ciencia ficción.

Pero esta periodista, según se dice, conocedora de Borges, pasó por alto que se trata de un autor universalista, pues leyó obras en otros idiomas y de infinitud de géneros literarios, entre eso de ciencia ficción. Su cercanía a este género no es una extrapolación inverosímil, una lectura literal o superflua. Se trata de un contacto evidente en varias de sus obras -y las de sus colaboradores-. Textos que hacen notar esto son Introducción a la literatura norteamericana y/o Introducción a la literatura inglesa, en el primero dedicando un apartado para géneros como el policiaco, western, y, por supuesto, la ciencia ficción, y en el segundo mencionándolo al hablar de Wells.


Siendo esto poco, Borges estuvo encargado del prólogo para la edición en español de Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, El hombre invisible y La máquina del tiempo, textos de Wells. Además le dedicó un breve relato a Lovecraft, otro exponente de la ciencia ficción, en El libro de arena, autor al que se refirió en la obra, anteriormente mencionada, que introduce a la literatura norteamericana.

La percepción de Borges sobre la ciencia ficción variaría a lo largo del tiempo, como lo muestra José de Ambrosio en su artículo Borges y la ciencia ficción, en la Revista Cuásar. Irónicamente, mientras José de Ambrosio encuentra una conexión entre la ciencia ficción y Borges, exhibiría su desconocimiento de una ciencia ficción lovecraftiana, la cual fue elogiada por Hugo Hernsback y editada por Astounding Stories. 

Esta visión de la ciencia ficción basada únicamente en las obras de Wells y Verne, y la creencia de que el género únicamente gira en torno a la tecnología y aparatitos, es una muestra detallada de cómo el lector latinoamericano, incluso el erudito, como Beatriz Sarlo, desprecia y desconoce el alcance del género, su variedad y las posibilidades imaginadas que incluyen, más allá de la tecnología, la otredad, lo no-humano y los inútiles intentos de escrutar en la totalidad insondable del universo. Una búsqueda que el mismo Borges emprendió en su universo literario, evocando lo imposible a través de bibliotecas cósmicas y planetas metafóricos.


17 nov 2015

Un horror más allá de Arkham

“The process of delving into the black abyss is to me the keenest form of fascination...”

En una epístola a Frank B. Long, febrero 27 de 1931.
Algunos autores como Borges fueron acusados de universalismo eurocéntrico quer era el admirable poder de la imaginación que le permitía a todo escritor sobrevolar más allá de sus tierras para explorar y crear mundos, reinos o universos de infinitas posibilidades, algo contrario al nostálgico nacionalismo que muchas obras resaltan y venden por dichosa motivación, absurda en todo sentido, como es el amor por una nación. No sería raro que al escritor argentino se le adjudicara el adjetivo eurocéntrico porque parte de su vida transcurrió en parajes europeos, hasta el punto de dedicar un prólogo a la neutral Ginebra, en Los conjurados, donde a su pedido fueron depositados sus restos mortales, como comenta el crítico José Miguel Oviedo en Historia de la literatura hispanoamericana 4. De Borges al presente. Otro caso es el de caso de Vargas Llosa que para la edición conmemorativa de su novela más reconocida, La ciudad y los perros, muchos destacan su tendencia hacia este universalismo. Igualmente Juan Rulfo, según nos introduce Beatriz Gonzales en Estructura y significación de Pedro Páramo, con sus obras Pedro Páramo y El llano en llamas, equilibraba el exceso de criollismo regionalista con elementos cosmopólitas y universalistas.

El nacionalismo literario y el universalismo literario siempre han sido motivo de polémicas, Borges, por su parte fue una excepción pues parecía enlazar ambos extremos, creando universos metafóricos sin abandonar su parte porteña. Vargas Llosa no olvidó nunca los elementos natales, pero evadiendo todo nacionalismo literario que caracterizaba las novelas clásicas del tercer mundo y Juan Rulfo permitió que la tendencia literatura universal le apoyara en sus obras.

Pero tanto el porteño cosmopólita, recordado aquí brevemente, junto al peruano también ciudadano del mundo y el mexicano debatido entre las corrientes del ostracismo y la internacionalización, no eran los únicos que desbordaban los límites geográficos con sus universos literarios, Lovecraft expresaba su identidad yanqui (como se denominaba a los de la Nueva Inglaterra) mediante las ciudades que había imaginado como Innsmouth, Dunwich, Kingsport, además de la capital Arkham junto a su prestigiosa Universidad de Miskatonic, todas influenciadas por la ambientación de Nueva Inglaterra, otras veces se quedó con Salem, Vermont, Boston y llevó el horror a la misma Providence, visible en El caso de Charles Dexter Ward, en la real Nueva Inglaterra, sin embargo, a pesar de su anglofilia, racismo y xenofobia, no se trataba de otro caso de chovinismo literario, su imaginación, materializada en el terror cósmico que creó, divagó más allá de las intrascendentes tierras humanas, los eones y la muerte misma, para encontrarse con horrores cósmicos tan antiguos e incognoscibles que solo la locura quedaba a quienes los descubriera.
Debido a esto es posible viajar, entre su bibliografía, a reinos oníricos (en su denominado ciclo onírico) igual que a Egipto (Encerrado con los faraones), Australia (La sombra fuera del tiempo), Ponapé (La llamada de Cthulhu, La reliquia de un mundo olvidado), México (El verdugo eléctrico) y la Antártica (En las montañas de la locura). Más allá del tiempo, como al pasado (Historia del Necronomicón) o al futuro (Hasta en los mares). También a otros planetas como Yuggoth (El que susurra en la oscuridad) o Venus (Los muros de Eryx), entre otras ubicaciones. 

Desde zonas rurales oscuras y supersticiosas, pasando por ciudadelas extraterrestres, de melancólica inhumanidad, abandonadas en otros planetas, hasta el centro entrópico del insondable abismo, este autor elevó su imaginación a sitios increíbles en sus textos, y aunque lo más probable es que fuese un localista en cierto grado, por algo lo apreciarán en su tierra natal, un impulso involuntario o su interés -horror tal vez- por lo desconocido privilegió su mente permitiéndole atravesar el cosmos en busca de horrores impensables para la minúscula humanidad.

En definitiva Lovecraft era paradójicamente un anglófilo xenofóbico, cuyo legado -y busto- es condenado y desconocido todavía por gran parte del lectorado internacional, con una mente universalista errabunda en el infinito, acechando, siempre dispuesta a aterrorizar hasta la pérdida de la cordura.