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30 abr 2017

El cosmopolitismo gótico en la obra romántica de Radcliffe

Los origines de la literatura gótica están estrechamente emparentados con el romanticismo, asociar ambos es inevitable cuando se escruta en los inicios de los horrores clásicos, esta relación también se da con el romanticismo artístico y epistemológico como antónimo eterno de la ilustración dieciochesca; sentimentalismo primitivo contra la razón moderna, nacionalismo contra universalismo; lo subjetivo contra lo objetivo.

A pesar de esta dicótoma tan consensuada en los estudios literarios sobre el tema, el profesor Robert F. Geary (citado por contrariedad por Francisco Javier Sánchez-Verdejo Pérez) planteó en su libro The Supernatural in Gothic Fiction: Horror, Belief, and Literary Change que la novela gótica no fue necesariamente una reacción al racionalismo ilustrado. No es imposible plantearse que, aunque alcanzara su gloria durante el periodo romántico, la literatura gótica, entre castillos, bosques y misterios, podría simbolizar valores como la tolerancia y el cosmopolitismo, legados de la ilustración, como así lo encuentra el profesor Evan Gottlieb de la Oregon State University e investigador parte del centro de investigación Center for the Humanities. Para él escritores como Ann Radcliffe reflejaban un temprano e importante pensamiento cosmopolita en sus obras literarias, ciertos elementos narrativos son ejemplo de esto, según el boletín del Center for the Humanities para el otoño del 2009:

“Yet Radcliffe herself consistently encourages readers to identify primarily with her bourgeois, tolerant, cosmopolitan heroes and heroines, rather than with their feudal counterparts, the aristocratic villains and earthy peasants who tend to be tied more closely to a particular region or estate.”
Mientras se interpreta solo la literatura gótica durante el periodo del romanticismo, desde una posición postcolonialista, como una muestra del imperialismo británico ascendente entre el siglo XVIII y XIX, para Gottlieb, a diferencia de esta visión, el progreso, el racionalismo y el universalismo son visibles en autores como Radcliffe, que antes de la decisiva batalla de Waterloo, y la oposición británica a las ideales franceses esparcidos junto a la expansión bélica, ayudaron a los lectores británicos a pensarse como ciudadanos no solo de esa isla-imperio sino también como ciudadanos del mundo, acercándose a una visión internacionalista de la ilustración, más cerca de lo que hoy tenemos por globalización. A esto se le suma el factor que Todorov considera un obstáculo para delimitar el ideario de la Ilustración, en su ensayo El espíritu de la Ilustración:

(...) el pensamiento de la ilustración es fruto de muchos individuos que, lejos de estar de acuerdo entre sí, se enzarzan constantemente en violentas disputas tanto entre países como en cada país. (...) Los antiguos desacuerdos dieron origen a escuelas de pensamiento que todavía se enfrentan en nuestros días. La ilustración fue más un periodo de debate que de consenso.
Por lo que no se trata de una época de homogeneidad literaria, artística, filosófica y sociocultural, sino de la conciencia transfronteriza de la existencia de la otredad y el debate de una infinita variedad de ideas y temores sobre el mundo que abre camino a la entrada de valores de carácter universal como la tolerancia, la autonomía, la libertad y los derechos, por vía, en esta propuesta , de la literatura gótica como las novelas románticas de Radcliffe.

13 jun 2016

La admiración por el “raro” Poe y el terror de Rubén Darío

El heraldo de las letras hispánicas modernistas, Rubén Darío, empleó su grandeza prosaica creando relatos de terror para finales del siglo XIX y principios del siglo XX, como Thanathopia o Betún y sangre, y por tanto explorando e incursionando en el género del terror, como documenta Lenina M. Méndez, teniendo por inspiración autores como Edgar Allan Poe, cultor del terror y el misterio admirado por Lovecraft. Esta admiración también la demostró el autor nicaragüense en varios de sus textos, incluyendo la obra Los raros (1896), texto donde elogia varios autores producto de su conocimiento de literatura universal y aparente francofilia, entre esos al bostoniano Poe, el cual halaga increíblemente:

(...) Sábese, pues, que aquella alma potente y extraña estaba encerrada en un hermoso vaso. Parece que la distinción y dotes físicas deberían ser nativas en todos los portadores de la lira. (...) Era un sublime apasionado, un nervioso, uno de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano, lamentables cristos del arte, que por amor al eterno ideal su calle de la amargura, sus espinas y su cruz.
Si bien la admiración que sentía por el autor la plasmó increíblemente con tan bellas palabras, es lamentable que Darío saturara innecesariamente este escrito dedicado a Poe con críticas al pensamiento de este último, el cual era de escasa cercanía con lo sobrenatural, religioso y supersticioso, además de desgastar los elogios tratando de reivindicar que, a pesar de lo anterior, el escritor estadounidense era creyente en el dios cristiano, algo que para el autor modernista parecía necesario.

A pesar de esto, la admiración artística por Poe y las producciones literarias de terror de Rubén Darío son interesantes y merecen un espacio en la opacada, despreciada y subestimada literatura de terror hispanoamericana, pues enaltecen la existencia de esta literatura contra todo menosprecio literario y cultural. Un execrable caso que denuncia Lenina M. Méndez en su artículo anteriormente citado.

24 oct 2015

Los críticos liberales

La discusión sobre la influencia política en la literatura y el papel de la literatura en el campo político siempre está servida. Pero a pesar de la negación sobre la inevitable relación entre ambos asuntos, es evidente que se afectan mutuamente, para bien o para mal. Igualmente ambos aspectos son una representación de la sociedad e influyen en esta.

En relación a esto David Jimenez reseña en el libro Historia de la crítica literaria en Colombia el comportamiento y dinámica de la crítica en el siglo XIX en Colombia, una época de cambios fortuitos de ideales y paradigmas en un país altamente religioso, mostrando un panorama interesante mediante un conciso análisis de ciertos personajes, y sus aportes, destacados en esta materia.

En el texto desde el inicio evidencia una crítica literaria supeditada a la religión mayoritaria de la nación, junto a una tendencia conservadora que triunfaba en el estado, premisa con la que se abre la primera parte, dedicada a este siglo industrial, empezando con José María Samper:

(...) la literatura, decimos, tiene una misión universal por excelencia, y ella está predestinada, a reconstruir la civilización sobre las bases del cristianismo 
Samper era uno de los muchos casos de desprecio por el desarrollo tecnológico de la época, temiendo que este paganismo industrial influenciara la literatura que él tomaba como otro vehículo para llevar a cabo la cristianización. Prescindiendo de Rafael Núñez, líder de la regeneración, de criterios similares a Samper, el autor resalta a Miguel Antonio Caro, por sus estudios y erudición, sacando a relucir la crítica de este que se sustentaba en la tradición hispánica, un ferviente nacionalismo y la religión como elementos necesarios para el arte y las letras, era por este motivo que consideraba que Voltaire, el deísta francés ilustrado, tenía un pensamiento superficial para valorar el arte. A su vez que afirmaba con vehemencia:

(...) el arte en general y la poesía en particular, en sus condiciones esenciales (...) siempre aparece ligado a la religión.

Por esto no era extraño que Caro sustentara sus críticas en la fórmula:

El catolicismo es la más poética de las religiones.
En toda la primera parte de libro la esperanza de encontrar una crítica literaria que no estuviese contaminada con sentimientos religiosos y tradicionalistas en esa época, en momentos de inevitable progreso científico, parece desaparecer de no ser por Camacho Roldán, y, en especial, Juan de Dios Uribe, ambos de visión liberal, laica y positivista del mundo, incluyendo la literatura.

Juan de Dios Uribe, desterrado y apresado por Núñez como reacción a sus pensamientos liberales, expresados con la vehemencia de los críticos anteriores que eran contrarios a sus ideales, se enfrentaba a la devoción católica:

El hombre no lleva parte alguna señal de su venida del cielo. En su organización como su inteligencia se cumplen las leyes naturales.
Igualmente criticaba el vacío que dejaba esta religión para la mujer, a diferencia del mensaje que dejaba una poesía liberadora como la de Diógenes Arrieta que tanto elogiaba.

La evidente influencia política en los críticos, escritores y artistas le daba la razón a José María Vergara y Vergara, otro devoto católico que hizo un ejercicio retrospectivo de la crítica, para aseverar:

La literatura en América está de tal manera enlazada con los sucesos políticos, que no se puede seguir la marcha de aquélla sin buscar su causa en estos.

Lo más probable es que muchos dispusieran su conocimiento y actividad literaria para fines políticos, defendido intereses de un partido al calor de conflictos ideológicos, algo innegablemente discutible, como nos permite reflexionar el texto, pero muchas posiciones liberales representaron una expresión que marcaba la diferencia a pesar de la persecución religiosa tanto en la política como en las letras que se cernía sobre la sociedad para dicha época, igualmente, quienes abrazaron los dogmas religiosos, se permitieron dejarle a la crítica un legado valioso para desarrollarse posteriormente.

Después de todo bien lo dice George Steiner en Lenguaje y Silencio:

(...) el crítico puede actuar de intermediaron y guardián. Parte de su cometido es constatar que un régimen político no puede imponer el olvido o la distorsión a la obra de un escritor (...)