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30 mar 2016

Una nación donde la ciencia ficción es utopía

El siguiente texto fue publicado originalmente en la revista electrónica LSD6,  y ha sido compartido en el blog De Avanzada y en el sitio web Ciencia Ficción Ecuador.



Nota: Este asunto lo trató Jaime Orrego en su búsqueda de la prehistoria de la ciencia ficción colombiana, sin embargo vale la pena reflexionar un poco más:

El autor Umberto Eco consideraba 1 la utopía, vertiente de la ciencia ficción, como la alternativa entre un mundo ideal y la irónica tragedia de una terrible realidad hecha posible. Se puede asegurar, con atrevimiento, que la ciencia ficción es en Colombia una utopía en sí, sea porque los entusiastas siguen soñando que en el futuro este género literario tendrá relevancia cultural o porque el hecho mismo de -inasistencia literaria- a la ciencia ficción puede tomarse como una característica de una sociedad distópica de escasa producción científica e intelectual. Aunque el autor italiano no hizo mención del término -distopía-, entendiendo su antagonismo ante la utopía, puede aplicarse para este caso.

Por esto es posible decir que la distópica Colombia ha dado muestras desde hace siglos de un desapego por la investigación científica y el desarrollo tecnológico, solo hasta el 2014 se graduó el primer astrónomo del país, ese mismo año el gobierno hizo recortes a la ciencia y la directora de dicha entidad que denunció esto fue destituida por el gobierno, pero el desprecio por la ciencia no solo afecta la academia, la salud y educación, además no se busca abordar aquí asuntos netamente burocráticos, es innegable que esta actitud anticientífica también ha afectado y afectará la literatura, y más la ciencia ficción, ya que existe una retroalimentación entre estas actividades; la ciencia le ha brindado elementos a la ficción para fundamentarse, mientras la ciencia ficción ha anticipado e inspirado parte del desarrollo científico. A pesar de esta yuxtaposición, el escaso apoyo de la nación a la ciencia ha disminuido la posibilidad de tener un lectorado que demande la producción de ciencia ficción, así como producción académica, y ha hecho que la literatura colombiana sea siempre más de lo mismo en sus tópicos literarios, aunque se considere estar en su mejor momento, sigue el predecible curso de la histórica violencia, prostitución, narcotráfico, pobreza o amoríos patrióticos en minúsculas poblaciones entre extensiones selváticas. Un curso que viene desde que los políticos, críticos y escritores conservadores del siglo XIX consideraban una herejía 2 la lectura de obras no hispánicas, como obras francesas e inglesas, hasta la perpetuación de la novela indigenista y del dictador, además del excesivo cubrimiento mediático al realismo mágico con fines chovinistas, de donde provienen los monótonos temas de la producción literaria actual.

Por otro lado, parte la escasez de esta literatura pareciera ser respuesta de cierta visión de la ciencia ficción como algo extranjero, lejano e innecesario en este mágico territorio, similar a la visión de la ciencia como algo ajeno e inútil para esta autocrática idiosincrasia supersticiosa, un miedo al «paganismo industrial» por parte de muchos. Es sabido que ambos aspectos son de calidad cosmopolita, hasta el término ciencia ficción es un calco de -science fiction-, por esto han despertado repudio por parte del ostracismo/nacionalismo no solo ideológico sino literario, legado de autores y críticos tradicionalistas de los inicios de la república. Algo visible hoy en día, por ejemplo, en los comentarios de buenos escritores como Juan Gabriel Vásquez, quien considera meramente «arqueológica»la producción literaria anterior al Boom latinoamericano, movimiento que en Colombia solo se valora por García Márquez.

Desconociendo así el papel de autores de la región más universales como Borges, y la influencia de extranjeros como Faulkner, Joyce o Hemingway, anteriores a toda tendencia latinoamericana, la cual paradójicamente resultó inspirarse en la literatura universal y cuyos defensores oportunistas se jactan de un cosmopolitismo gracias a la lectura internacional.

Ante todo esto se puede argumentar que el contexto ha impulsado este tipo de obras más realistas y realistas mágicas para llamar la atención sobre problemas latentes en una sociedad conflictiva, por lo que no habría terreno fértil para las obras de ciencia ficción que solo hablan de la aburrida ciencia y la peligrosa tecnología, pero es fácil contradecir esto si se hace un recorrido histórico por las obras de ciencia ficción, pues muchas evocan una variedad de problemáticas socioculturales existentes y venideras en todo el mundo, como hicieron antaño las obras de Orwell, Y. Zamiatin, Gertrude Barrows Bennett o H.G. Wells.

Ahora bien, no podemos valorar la literatura, ni la ciencia ficción, desde una visión utilitarista que solo busca metáforas para advertir y denunciar la opresión, aunque algunos autores pueden llevar a interpretaciones peligrosas tomando las obras de ciencia ficción como una mera plataforma de cuestiones politiqueras, algo que debieron reflexionar Jaime Orrego y Miguel Avilés. Lógicamente no se negará el enlace inherente de la literatura con la política, pero no es carácter exclusivo de la obra de ciencia ficción convertirse en panfleto ideológico, sus objetivos dependerán del alcance de la imaginación de cada autor, por lo que pueden ir desde asuntos pedagógicos, pasando por lo político e ideológico, hasta lo existencial y divulgativo.

Hasta ahora pareciera que el elemento político no ha sido benéfico para este género especulativo, es el caso del escritor René Rebetez, quien compaginó con la ideología comunista en Colombia y Cuba, como hizo García Márquez, y a pesar de esto el reconocimiento por parte del lector de estos ideales es nulo a diferencia del culto hacia Gabo que existe en los socialistas, por esto la muerte de Rebetez (aunque en México tiene un mayor reconocimiento) no impactó como lo hizo la de Gabo. Este viajero no fue el único de poca valoración por las letras y cultura colombiana, Antonio Mora Vélez tampoco ha alcanzado el impacto mediático que ha alcanzaron García Márquez, Fernando Vallejo o Santiago Gamboa, siendo este periodista también un cultor de la escasa ciencia ficción en este país, como muchos que existieron, existen y existirán, pero es posible que por cuestiones socioculturales no se les valore el trabajo de alcanzar algún día la utopía de una sociedad interesada en explorar los mundos posibles de la ciencia ficción.

Para finalizar, se debe aclarar que no se quiere negar ni despreciar, apelando una visión pesimista, los trabajos de Rebetez, Mora Vélez, Fuenmayor y Sliger, entre muchos más, que contra todo obstáculo sentaron precedentes en el género, ni de aquellos que siguen en la órbita de la ciencia ficción, como la ejemplar labor de la Revista Cosmocápsula, es posible que falte camino por recorrer, nuevos elementos por narrar y cambios sociales por suceder, pero vale la pena tener presente la utopía en el horizonte para no abandonar tan fructífero género, el cual nos brinda la posibilidad de escapar de tan tediosa realidad o abordarla desde otros lentes hipotéticos, lo que podría permitirnos soluciones científicas y tecnológicas a conflictos socioculturales latentes, promoviendo así la producción e investigación científica y literaria en un país que lo necesita.



Referencias: 

1. De los espejos y otros ensayos, Umberto Eco. DEBOLS!LLO

2. Historia de la crítica literaria en Colombia, David Panesso. Universidad Nacional de Colombia


21 nov 2015

Lovecraft: Un escritor de ciencia ficción


El siguiente artículo fue publicado originalmente por la revista Cosmocápsula, de las pocas plataformas que le apuestan a la ciencia ficción en Colombia. La cosmocápsula más cerca del abismo lovecraftiano.


La cuestión de si es Howard Phillips Lovecraft un escritor de ciencia ficción no es blasfemia para los lectores lovecraftianos, tiende a convertirse en una discusión interminable y el abordar si se trata o no de ciencia ficción, además de terror y fantasía, lo que éste escribió, puede estar basado en erróneas concepciones y malinterpretaciones. Esto debido a que muchos pueden rechazar la afirmación (que Lovecraft escribió ciencia ficción) alegando que en sus relatos no hay más que referencias a conjuros, demonios, ciencias ocultas, brujas y hechiceros.

“(…) No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.” (1)

A simple vista pareciera este autor un apologista a las supersticiones en su prosa cargada de adjetivos y etiquetas sacadas del terror clásico, estilo similar al de algunos autores que él mismo elogió y criticó en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura. Igualmente el reconocido “grimorio” llamado Necronomicón, citado y reseñado (2) por el mismo Lovecraft, al cual erróneamente (3) se le atribuye contener toda clase de oscuros rituales mágicos para invocar seres demoníacos, puede reforzar la idea de que estamos ante un autor de terror clásico, cuyas narraciones se mueven entre demonios, brujas y magia negra, siendo definitivo que su terror es fantástico a todas luces y alejado de la ciencia ficción.

Pero esta errónea percepción es refutable con una buena lectura de Lovecraft que permite que todo lector se encuentre no solo con un escritor de terror, si no con un innovador del terror, pues su terror literario, llamado horror cósmico o terror cósmico materialista, cambia totalmente el miedo mismo que ha de generar todo texto de este género; dicho terror cósmico se funda en la idea de que la humanidad no es más que una minúscula criatura comparada con el insondable cosmos que le rodea, donde pueden habitar poderosas entidades cósmicas, más antiguas que los primates, capaces de aplastar con su tecnología o influencia la especie humana, creando y describiendo así una compleja variedad de inimaginables seres repugnantes (4), algunos considerados partes del panteón de sus mitos de Cthulhu.

Y es aquí donde entramos al campo de la ciencia ficción, además de un lenguaje técnico (que sería sesgado considerar lo único necesario para escribir ciencia ficción) enfocado en doctrinas como la biología o física, que emplea en sus relatos, Lovecraft observó la bóveda celeste en busca de los horrores, alimentado por su fascinación por la astronomía (5), en busca del miedo a lo desconocido, del temor que el oscuro e inmenso universo genera al pensar en todo lo que allí puede habitar y nuestra ignorancia no permite entrever, encontrándose imaginariamente con criaturas sacada de los sueños más execrables jamás soñados por algún cuerdo.

Por lo tanto, se hace necesario aclarar que si se arguye que este autor estadounidense no le apostó a la ciencia ficción porque no describe naves, batallas espaciales e invasiones extraterrestres, se está analizando mal, ya que dicho escritor nos permite leer horrores provenientes de otros planetas, dimensiones y reinos oníricos, los cuales con su sola presencia destruyen la cordura de los personajes, siendo estos víctimas si no de la muerte, de un inevitable desequilibro mental. Además, aunque sus colosales horrores llevan eones atormentando a la humanidad, Lovecraft también exploró en sus obras visiones del futuro (6) y exploraciones humanas a otros planetas (7).

En sí la imaginación de Lovecraft abrió una gruta espacio-temporal por donde toda clase de horrores ingresarían, pero que él narró, estratégicamente para mostrar la fragilidad de la mente humana, como interpretaciones supersticiosas por parte de sus personajes, quienes ante la magnitud del horror, solo podían describir lo que las categorías humanas les permitían conceptualizar, como “demonios” y “magia”, cuando en realidad se trataban de seres extradimensionales y fenómenos cósmicos irreconocibles por la ciencia mundana, dejándolo así entrever los resignados personajes a inicios o finales de las narraciones. Por lo tanto este exponente del género abrió el camino del terror cósmico, terror lovecraftiano, vehiculado por la ciencia ficción, más allá de todo estereotipo moderno, y mucho antes que a los escritores de dicho género se les ocurriera escrutar en el vacío en busca de temores primigenios, como el miedo a lo desconocido.

“(…) Me he asomado más allá de los confines del infinito y he invocado a los demonios de las estrellas… He cabalgado sobre las sombras que van de mundo en mundo sembrando la muerte y la locura.” (8)


Referencias:

1. El sabueso (The hound), 1924

2. Historia del Necronomicón (History of Necronomicon), 1927

3. El Necronomicón entre la literatura y la charlatanería

4. Bestiario, de la editorial Libros del Zorro Rojo

5. H.P. Lovecraft’s Interest in Astronomy

6. Hasta en los mares (Till a’ the seas), 1935

7. En los muros de Eryx (In the walls of Eryx),1936

8. Desde el más allá (From beyond), 1920

24 oct 2015

Los críticos liberales

La discusión sobre la influencia política en la literatura y el papel de la literatura en el campo político siempre está servida. Pero a pesar de la negación sobre la inevitable relación entre ambos asuntos, es evidente que se afectan mutuamente, para bien o para mal. Igualmente ambos aspectos son una representación de la sociedad e influyen en esta.

En relación a esto David Jimenez reseña en el libro Historia de la crítica literaria en Colombia el comportamiento y dinámica de la crítica en el siglo XIX en Colombia, una época de cambios fortuitos de ideales y paradigmas en un país altamente religioso, mostrando un panorama interesante mediante un conciso análisis de ciertos personajes, y sus aportes, destacados en esta materia.

En el texto desde el inicio evidencia una crítica literaria supeditada a la religión mayoritaria de la nación, junto a una tendencia conservadora que triunfaba en el estado, premisa con la que se abre la primera parte, dedicada a este siglo industrial, empezando con José María Samper:

(...) la literatura, decimos, tiene una misión universal por excelencia, y ella está predestinada, a reconstruir la civilización sobre las bases del cristianismo 
Samper era uno de los muchos casos de desprecio por el desarrollo tecnológico de la época, temiendo que este paganismo industrial influenciara la literatura que él tomaba como otro vehículo para llevar a cabo la cristianización. Prescindiendo de Rafael Núñez, líder de la regeneración, de criterios similares a Samper, el autor resalta a Miguel Antonio Caro, por sus estudios y erudición, sacando a relucir la crítica de este que se sustentaba en la tradición hispánica, un ferviente nacionalismo y la religión como elementos necesarios para el arte y las letras, era por este motivo que consideraba que Voltaire, el deísta francés ilustrado, tenía un pensamiento superficial para valorar el arte. A su vez que afirmaba con vehemencia:

(...) el arte en general y la poesía en particular, en sus condiciones esenciales (...) siempre aparece ligado a la religión.

Por esto no era extraño que Caro sustentara sus críticas en la fórmula:

El catolicismo es la más poética de las religiones.
En toda la primera parte de libro la esperanza de encontrar una crítica literaria que no estuviese contaminada con sentimientos religiosos y tradicionalistas en esa época, en momentos de inevitable progreso científico, parece desaparecer de no ser por Camacho Roldán, y, en especial, Juan de Dios Uribe, ambos de visión liberal, laica y positivista del mundo, incluyendo la literatura.

Juan de Dios Uribe, desterrado y apresado por Núñez como reacción a sus pensamientos liberales, expresados con la vehemencia de los críticos anteriores que eran contrarios a sus ideales, se enfrentaba a la devoción católica:

El hombre no lleva parte alguna señal de su venida del cielo. En su organización como su inteligencia se cumplen las leyes naturales.
Igualmente criticaba el vacío que dejaba esta religión para la mujer, a diferencia del mensaje que dejaba una poesía liberadora como la de Diógenes Arrieta que tanto elogiaba.

La evidente influencia política en los críticos, escritores y artistas le daba la razón a José María Vergara y Vergara, otro devoto católico que hizo un ejercicio retrospectivo de la crítica, para aseverar:

La literatura en América está de tal manera enlazada con los sucesos políticos, que no se puede seguir la marcha de aquélla sin buscar su causa en estos.

Lo más probable es que muchos dispusieran su conocimiento y actividad literaria para fines políticos, defendido intereses de un partido al calor de conflictos ideológicos, algo innegablemente discutible, como nos permite reflexionar el texto, pero muchas posiciones liberales representaron una expresión que marcaba la diferencia a pesar de la persecución religiosa tanto en la política como en las letras que se cernía sobre la sociedad para dicha época, igualmente, quienes abrazaron los dogmas religiosos, se permitieron dejarle a la crítica un legado valioso para desarrollarse posteriormente.

Después de todo bien lo dice George Steiner en Lenguaje y Silencio:

(...) el crítico puede actuar de intermediaron y guardián. Parte de su cometido es constatar que un régimen político no puede imponer el olvido o la distorsión a la obra de un escritor (...)