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28 jun 2018

La literatura gótica no es la antagonista en la historia de los valores ilustrados

Texto publicado originalmente en Nullius in Verba Site.


The fiery walls rushed back! An outstretched arm caught my own as I fell, fainting, into the abyss. It was that of General Lasalle. The French army had entered Toledo. The Inquisition was in the hands of its enemies. The Pit and the Pendulum, E. A. Poe (1842) 

El lector inadvertido y poco informado llega a considerar a la literatura gótica como solo una manifestación que se plantea terrorífica del irracionalismo reaccionario romántico, basta con imaginarse los dramas sentimentales, la desesperación entre castillos abandonados, ciegas mentes supersticiosas asustadas por monstruos y fantasmas, todo esto contenido en viejos tomos decimonónicos renegando desde estantes polvorientos de la modernidad. Simbolizan como tal un cultivo primordial al irracionalismo, combustible del romanticismo literario, lo que termina haciendo de dichas obras algo totalmente execrable si se aprecia los valores ilustrados que permiten admirar los avances en materia de desarrollo humano de algunas sociedades actuales, las cuales se asientan sobre la idea de la libertad, el derecho universal, el progreso y la razón.

Posiblemente entre tales descuidados lectores y desinformados encontremos letrados y referentes literarios como William Opsina quien, en una columna elogiando la labor docente, aseguraba que la rebelión romántica, o sea gótica, orquestada en los salvajes confines de Suiza, que dio origen al vampiro y a la abominación conocidos por el común, era la contrariedad de entrar a una habitación iluminada que causaban los ilustrados, llevándonos a una habitación en tinieblas. Se suma el escritor Mario Mendoza, quien dedica un análisis al neoprometéico monstruo dieciochesco, en la que considera a la obra de Shelley como contrariedad de lo romántico a lo racional ilustrado, y al final asume como acertada la lectura de dicha como una crítica anticipada al declive racionalista del moderno hombre occidental, evidenciando, junto con la primera guerra mundial, según él, la farsa de la revolución francesa, el progreso y los derechos humanos.Algo similar reflexionó el teórico literario Terry Eagleton, en su obra sobre la novela inglesa, considerando que lo gótico es la fasceta oscura de la razón deciochesca. Finalmente, vale la pena tener presente a Sánchez-Verdejo Pérez, en su magistral texto recoge la semiótica de lo gótico, en el cual postula que lo gótico sí es una reacción a los avances científicos e industriales que desencadenó el pensamiento dieciochesco.

Teniendo en cuenta lo anterior, al parecer, nos encontraríamos en una posición que va a contracorriente de la idea común, sostenida incluso por intelectuales, que se tiene sobre la literatura gótica como una manifestación artística de deleitable irracionalidad, siendo cierto sí y solo sí nos basamos en la autoridad quienes afirman y la cantidad de quienes así lo creen, pero no necesariamente el rigor académico, argumentativo y la evidencia hallada en estudios literarios.

Afortunadamente en los estudios literarios, la teoría y la crítica, existe la discusión académica permanente (al igual que sucede con la innovación y experimentación literaria), yendo más allá de la autoridad, algo que lo demuestra el anteriormente citado Sánchez-Verdejo Pérez cuando cita y discute la apreciación de Robert F. Geary sobre lo gótico, este último resulta demostrando en primera instancia que es posible encontrar que las obras, lecturas y estudios enfocados en el romanticismo literario y la literatura gótica no contraponen necesariamente estas manifestaciones con la herencia axiológica, académica e ideológica del siglo de las luces.

Si no es convincente lo afirmado Geary al abordar la novela gótica, lo cual hace de manera despectiva, no como una contradicción al auge racionalista, por el contrario, complaciente al influjo racionalista de la época dieciochesca, puede servirnos la lectura que hace Evan Gottlieb de la obra gótica, como parte de sus estudios de romanticismo literario, especialmente el canon de Ann Radcliffe, en las que se exhibe una conciencia conectada con lo internacional, un cosmopolitismo latente, a pesar de la oposición británica a los ideales franceses ilustrados y la asociación que existe del romanticismo con el nacionalismo retrógrado, manifestado en las obras por parte de varios de estos escritores románticos, además de Radcliffe, en la época previa al auge del nacionalismo imperial que logró la victoria en Waterloo. Gottlieb también cita Robert Miles, una obra dedicada a Walter Scott, para sustentar la idea de que la novela romántica aprehende de las ideas racionalistas dieciochescas.

Así mismo, las obras góticas, muchas veces no consideradas como tales, exhiben el atractivo del progreso tecnológico de la época, en la obra mediatizadora, mas no la primera, del vampirismo del irlandés Bram Stoker, encontramos el valor del uso de la cámara fotográfica, el fonógrafo y la máquina de escribir, en general, de la tecnología, como lo resalta el traductor de la obra encargado por Valdemar Oscar Palmer Yañez, y algo similar planteó Kelly Hurley en un ensayo dedicado al inglés William H. Hodgson, demostrando en este autor una aprehensión de las ideas darwinistas para plasmar su horror futurista antirrealista (literario), al igual que muchas obras góticas victorianas retomaban estas ideas evolucionistas y científicas como un recurso literario para sus abominaciones. Otro dato interesante, sugerido por Peter Walmsley, puede encontrarse al reflexionar sobre el alcance increíble discusión filosófica y científica que nace del pensamiento de Descartes, durante la ilustración, lo que afectó la visión la anatomía, cuerpo humano y la muerte, discusión en la que entra también la visión de La Mettrie, y la cual se puede encontrar como base ilustrada para la explícita y corporal obra de el marqués de Sade.

El apoyar la idea del avance ciencia apreciado como un recurso literario, es una idea que se puede encontrar en Howard P. Lovecraft, heredero, crítico y transformador de lo gótico, plasmada en su ensayo dedicado al horror sobrenatural en la literatura de la órbita angloparlante. Según el autor es posible sustentar la imaginación literaria gracias a los progresos de la ciencia en diferentes campos, siendo Lovecraft un anglófilo interesado en varios ilustrados del supremamente racional Siglo de las Luces, elogio recogido por S.T. Joshi en una obra recopilatoria del pensamiento ateo del autor.

Frente al siglo en cuestión, el texto de Todorov dedicado a la ilustración, podría ser una orientación básica pero importante sobre la característica de esta época en ebullición, y más que cerrarse a ser solamente una oleada de purga axiológica y filosófica racionalista, es posible ver La Ilustración como un momento de discusión, debate y contradicción, que evidenció la diversidad de opinión, dando paso a la discusión política y académica y demandó la necesidad de ilustrarse para entrar en esta discusión sobre el cambio de un mundo establecido a diferentes mundos pensados por muchos. Algo que puede haber sucedido con la literatura gótica, que se unió a la discusión frente al cambio internacional radical después de la Revolución Francesa y el progreso científico y tecnológico, inspirando un siglo entero posterior de revoluciones, ya en su etapa decimonónica se diversificó tomando muchas ideas contrarias o no a los valores o ideas del siglo anterior, siguiendo un curso heterogéneo, algo que, si es cuestión de seriedad, no podría reducirse falazmente a considerarla una expresión enemistada de lo ilustrado.

Con la enriquecida discusión bibliográfica anterior, nos encontramos que muchas propuestas de la literatura gótica, y del romanticismo literario, demuestran todo lo contrario a un explícito desprecio por el progreso y los valores ilustrados, algunos escritores aprehendieron de la ciencia y el conocimiento de la época para utilizarlos como un recurso narrativo que alimenta su complejo universo literario. Esta característica, contradictoria para muchos, es la evidencia de la ilimitada creatividad innovadora que caracteriza el ejercicio literario, no hay prescripción o reglas inviolables para el proceso de creación literaria, y mucho menos lo hay para la literatura gótica.

Debido a esto, no se puede enjuiciar o prescribir la literatura gótica por retomar o despreciar los valores deciochescos, ya que a la luz de una visión de análisis, teoría y crítica literaria se debe comprender, y describir, que el universo ficticio se rige por sus propias leyes que no comprometen la realidad, la verdad o el estado de las cosas extraliterarias, aunque sí necesita de tales como bases para su consolidación, son recursos utilizados para la producción de la obra, pero con muy poca posibilidad son argumentos verídicos para refutar o contraargumentar aspectos axiológicos, epistemológicos o científicos de las ideas ilustradas. Si llegase a ser esto último el objetivo del autor, necesitaría de mucho más que de creatividad literaria para entrar en un debate de un nivel filosófico y científico.

Tampoco se debe, entonces, asignar una obligación pedagógica, política y moral, a la obra literaria, sea a favor o en contra de los valores ilustrados. Pues, además de caer en una potencial censura, no es tal la obligación de la producción literaria al tratarse de un plano libre a la imaginación del lector y el escrito, y caería en lo insulso del actual fenómeno de lo políticamente correcto o complaciente con dogmas e irracionalidades que podían estar aceptadas por una sociedad en general, algo que entraría en un círculo vicioso de juzgar y prescribir a la obra, más no buscar estudiar, describir y comprender la obra, saliéndose de un interés académico de cuidado epistemológico y metodológico para quedarse uno de carácter subjetivo e insostenible.

Con la increíble libertad del escritor y la obra, puede existir incluso el juego con la ironía, una muestra ejemplar de esto, fuera del plano considerado gótico, es el creador de Sherlock Holmes, el médico y autor británico Arthur Conan Doyle, un creyente en lo paranormal que escribió las aventuras del detective lógico, calculador y escéptico más famoso del mundo, un símbolo moderno de la investigación y razonamiento que ha trascendido la literatura, Holmes no era más que un personaje ficticio de un médico escocés que creía en sesiones espiritistas, lo que le costó la amistad con el ilusionista Harry Houdini, un denunciante por excelencia de la charlatanería. El razonamiento y lógica en las narraciones de Holmes eran una ficción literaria, ya que la verdadera visión del autor era la de un mundo de posibilidades paranormales que aceptaba con profundo interés.

No siendo esta la única obra cuya ironía confunde, se pueden encontrar una gran cantidad de ficciones en las que, dentro de la obra, la ciencia queda rezagada ante lo sobrenatural, pero sus recursos literarios pueden depender del conocimiento científico mismo para dar rienda suelta a la imaginación. Es posible que pueda ser objeto de estudio lo paradójico en el hecho de que aquellas entidades ficticias, que se creían horrores del fracaso ilustrado, resulten ser creaciones de sociedades que heredaron los valores de la era de la razón, convirtiéndose en faros del progreso e industrialización, como sucedió con Gran Bretaña, patria de Shelley y Stoker. Sus creaciones son símbolo de un horror de herederos de los valores ilustrados, no heraldos terroríficos de la gnoseofobia anti-racionalista. Si se lee con atención, la abominación creada por Frankestein nunca se detuvo en ilustrarse y aprender más sobre el mundo, mientras la maldad de Drácula lo llevó a aprehender más sobre la humanidad para llevar a cabo sus planes, de ahí se sigue que ambas monstruosidades son parte del flujo y tradición gótica, nacida en el Siglo de las Luces.

Finalmente, si se hace una búsqueda rigurosa y objetiva sobre la literatura gótica, se pueden evitar interpretaciones o falacias de quienes denigrarán de alguna propuesta narrativa por ser antirrealista a nivel intraliterario, aunque también puede serlo al nivel extraliterario del autor, cuando lo más académico, y honesto intelectualmente, es comprender mediante el estudio riguroso que tanto la burla o apología al progreso ilustrado, los valores occidentales y la ciencia, es una propuesta que puede someterse al estudio científico interdisciplinar, sin caer en ningún tipo de incoherencia, incorrección o deshonestidad epistemológica, lógica, axiológica o filosófica, por parte del investigador o el lector. Todo lo contrario, ofrece una visión más objetiva, del poder creativo e ilimitado, en cuanto a imaginación, de la literatura, y también de lo impredecible que puede ser su estudio o lectura si no se cuida de evitar sacar conclusiones e interpretar sin escrúpulo teórico, guiándose solamente por la autoridad y el sentido común, atribuyendo antagonismos a lo que no lo es o convirtiendo en villanos lo que es no más una manifestación de arte parte de la otredad gótica, un juego de la contrariedad utilizada para la ficción gótica para alzarse como símbolos de lo extraño, oscuro e inquietante.


Referencias:

  • Eagleton (2009) La novela Inglesa. Ediciones AKAL 
  • Geary (1992) The Supernatural in Gothic Fiction: Horror, Belief, and Literary Change. Edwin Mellen Press 
  • Gottlieb (2013) Walter Scott and Contemporary Theory. Bloomsbury 
  • Joshi (2010) Against Religion: The Atheist Writings of H.P. Lovecraft. Sporting Gentleman
  • Lovecraft (1927) Supernatural Horror in Literature. Disponible en: http://www.hplovecraft.com/writings/litcrit/shil.aspx 
  • Todorov (2014) El espíritu de la Ilustración. Galaxia Gutenberg 
  • Walmsley (2016) The Melancholy Briton: Enlightenment Sources of the Gothic. En Wallace (Ed.) Enlightening Romanticism, Romancing the Enlightenment: British Novels from 1750 to 1832. Routledge

23 jun 2017

El modernismo gótico en la obra de Hodgson

I could take the messages which came continually through the eternal darkness.

The Night Land (1912)
Para el traductor al español de varias obras de Lovecraft,  Francisco Torres Oliver, quien prologaba The House on the Borderland, William Hope Hodgson es un precursor del terror cósmico que influenció innegablemente las creaciones del autor estadounidense, pues en el ensayo Supernatural Horror in Literature, Lovecraft critica y elogia varias obras de Hodgson como la anteriormente mencionada, The Ghost Pirates y The Boats of the “Glen Carrig”, pero le dedica un mayor atención a la colosal narración The Night Land, obra publicada inicialmente por Eveleigh Nash, la cual, a pesar de su repetitiva, emocional y engorrosa extensión, llama la atención por su evocación de un oscuro futuro o regiones plagadas de horrores no humanos mientras se extingue tanto la humanidad como el planeta, abandonado por la luz solar ante la muerte del sol.

Pero si la obra de Lovecraft ha sido desacreditada por sus cuestionables recursos lingüísticos, esta obra de Hodgson también ha merecido desprecios, esto incluye como ya se dijo a uno de sus mayores seguidores, por el estilo que pareciera sobrecargar la trama,  podría quedar enterrado una monumental obra como esta ante una aplastante escritura de no ser porque la macabra imaginación del escritor-soldado británico es un ejemplar ejercicio de experimentación ontológica que caracterizó el modernismo inglés.

Autores como Joyce, Woolf, Forster, entre otros, rompieron los esquemas de la narrativa tradicional, la sociedad victoriana y la moral imperante a inicios del siglo XX, desatando todo el poderío de la conciencia humana y su naturaleza en las obras producto de experimentos, Hodgson hizo parte de estas innovaciones singulares, como lo retoma Kelly Hurley, en su ensayo The Modernist Abominations of William Hope Hodgson, parte del libro Gothic Modernisms, sobrepasando límites espacio-temporales para llevar a la conciencia a un macabro futuro donde yacen horrores inimaginables. 

Para The Night Land las características de la técnica antirrealista del británico le permiten explotar la imaginación hasta límites no pensados, como es trasladar la esencia de un caballero del siglo XVII hasta los parajes hostiles de un futuro sin sol ni civilización, experimentando tanto preocupaciones iniciales, como las nuevas preocupaciones para un nuevo viaje, gracias a una especie de memoria onírica, en la fortaleza piramidal, última esperanza de la humanidad. Todo esto narrado bajo la variación lingüística del que fue un habitante de la época isabelina. Por tanto, se puede entender este texto no solo estructura su trama entorno a la ontología del narrador homodiegético, Hodgson también construye un nuevo mundo valiéndose de elementos postdarwinianos, describiendo los efectos de los cambios a escala geológica que afectan el mundo dando como nuevo resultado evolutivo un ecosistema donde criaturas despojadas de la identidad humana y otras de insondable origen acechan a los últimos vestigios del endeble ser humano mientras la entropía consume el universo.

El rompimiento de los esquemas narrativos tradicionales implica también la innovación estética, los cambios lingüísticos abruptos y los experimentos de poderosa imaginación, lo que para algunos puede resultar una tediosa sobrecarga del texto, un ejemplo de esto es el monstruoso Finnegan's Wake, puede en realidad tratarse de la exploración ontológica sistematizándo la psicología del amor, la amargura y el horror en un futuro impregnado de oscuridad, que bien pueda que se le categorice en un género de la fantasía como el Dying Earth o se le tome como una aventura con linealidad gótica, y aunque no se le sume a enciclopedias dedicadas a la literatura gótica como la de Mary Ellen Snodgrass, ni a repertorios sobre la literatura inglesa como el de Borges y Vázquez,  esta obra de su autor caído en combate universalizó su obra al llevar el añejo amor mundano en una travesía espacio-temporal a un mundo oscuro devastado por fenómenos cósmicos, geológicos, biológicos y las amenazas de entidades no humanas, logrando así una armonía entre la conciencia y el entorno, mientras utiliza la experimentación modernista, la dinámica gótica y la epistemología especulativa, para construir este colosal texto de horror cósmico  pre-lovecraftiano que constata la originalidad del modernismo gótico hodgsoniano.

4 mar 2017

La macabra trinovela de Chimal

De la mano de la tecnología y la comunicación, el marketing literario ha crecido hasta hacerse abusivamente viral, la narrativa también se ha transformado y adaptado a los cambios actuales. Por esto la inmediatez le pide novedades a la literatura, y si bien triunfa la cantidad para el desesperado marketing, el contenido y las ingeniosas propuestas narrativas son demasiado singulares como para no ser tenidas en cuenta por el lector actual.

Por esto, ante la caprichosa inmediatez, algo que en lo que fracasó el ebook buscando satisfacer, el ingenio de la literatura plantea la brevedad, un fenomenal ejemplo de esto es la twitteratura, que en menos de doscientos caracteres logra con precisión explotar la imaginación a través de la existencia implícita del significado sin la palabra, algo que hicieron ya autores anteriores o distanciados del mundo digital (léase Borges, Monterroso, entre otros.), el mexicano Alberto Chimal es uno de estos usuarios de la narrativa twittera, quien entre trinos consolidó 83 novelas, luego editadas en ebook de libre acceso, publicaciones que resultaron efímeros universos de lo extraño, donde la concisa intertextualidad y la malsana creatividad fueron los recursos que prefirió Chimal, en lugar de aceptar la engorrosa extensión novelera que tanto vende actualmente, y se tiene como prescripción de lo que es la arquitectura elemental de la novela.

Por otra parte, Chimal no se estancó en clichés fantásticos y tenebrosos predecibles, por el contrario sus obras son planteamientos retorcidos que incluso se conectan con los de carácter lovecraftiano, aunque no logra evocar el horror cósmico mediante el diálogo textual, léase Love Craft (o: La cita 3). Otorgándole así cierto rasgo universal a la intertextualidad de su narrativa epistemológica. este  ingenio se hace ejemplar en La cita 2:

La cita 2 

En algún momento del siglo XX, el cadáver de Annabel Lee soñó que su nombre era Dorotea, que el mar era un desierto, que jamás había amado.

Atreviéndose así a desenterrar las obsesiones del maestro de lo extraño, predecesor e inspiración de Lovecraft, el raro Edgar Allan Poe y contactarlo, gracias a esta era de la hiperconectividad, con el espíritu de un subestimado coterráneo suyo -si bien por el realismo/regionalismo mágico, no por Harold Bloom- Juan Rulfo, y su creación comalteca, construyendo una trinarración mucho más aterradora y macabra que la anterior (La Cita 1) y posterior (La cita 3). Logrando, también, consciente o inconscientemente, converger en un trino con la crítica de Monterroso sobre los fantasmas de la negada literatura fantástica Rulfo.

24 oct 2015

Los críticos liberales

La discusión sobre la influencia política en la literatura y el papel de la literatura en el campo político siempre está servida. Pero a pesar de la negación sobre la inevitable relación entre ambos asuntos, es evidente que se afectan mutuamente, para bien o para mal. Igualmente ambos aspectos son una representación de la sociedad e influyen en esta.

En relación a esto David Jimenez reseña en el libro Historia de la crítica literaria en Colombia el comportamiento y dinámica de la crítica en el siglo XIX en Colombia, una época de cambios fortuitos de ideales y paradigmas en un país altamente religioso, mostrando un panorama interesante mediante un conciso análisis de ciertos personajes, y sus aportes, destacados en esta materia.

En el texto desde el inicio evidencia una crítica literaria supeditada a la religión mayoritaria de la nación, junto a una tendencia conservadora que triunfaba en el estado, premisa con la que se abre la primera parte, dedicada a este siglo industrial, empezando con José María Samper:

(...) la literatura, decimos, tiene una misión universal por excelencia, y ella está predestinada, a reconstruir la civilización sobre las bases del cristianismo 
Samper era uno de los muchos casos de desprecio por el desarrollo tecnológico de la época, temiendo que este paganismo industrial influenciara la literatura que él tomaba como otro vehículo para llevar a cabo la cristianización. Prescindiendo de Rafael Núñez, líder de la regeneración, de criterios similares a Samper, el autor resalta a Miguel Antonio Caro, por sus estudios y erudición, sacando a relucir la crítica de este que se sustentaba en la tradición hispánica, un ferviente nacionalismo y la religión como elementos necesarios para el arte y las letras, era por este motivo que consideraba que Voltaire, el deísta francés ilustrado, tenía un pensamiento superficial para valorar el arte. A su vez que afirmaba con vehemencia:

(...) el arte en general y la poesía en particular, en sus condiciones esenciales (...) siempre aparece ligado a la religión.

Por esto no era extraño que Caro sustentara sus críticas en la fórmula:

El catolicismo es la más poética de las religiones.
En toda la primera parte de libro la esperanza de encontrar una crítica literaria que no estuviese contaminada con sentimientos religiosos y tradicionalistas en esa época, en momentos de inevitable progreso científico, parece desaparecer de no ser por Camacho Roldán, y, en especial, Juan de Dios Uribe, ambos de visión liberal, laica y positivista del mundo, incluyendo la literatura.

Juan de Dios Uribe, desterrado y apresado por Núñez como reacción a sus pensamientos liberales, expresados con la vehemencia de los críticos anteriores que eran contrarios a sus ideales, se enfrentaba a la devoción católica:

El hombre no lleva parte alguna señal de su venida del cielo. En su organización como su inteligencia se cumplen las leyes naturales.
Igualmente criticaba el vacío que dejaba esta religión para la mujer, a diferencia del mensaje que dejaba una poesía liberadora como la de Diógenes Arrieta que tanto elogiaba.

La evidente influencia política en los críticos, escritores y artistas le daba la razón a José María Vergara y Vergara, otro devoto católico que hizo un ejercicio retrospectivo de la crítica, para aseverar:

La literatura en América está de tal manera enlazada con los sucesos políticos, que no se puede seguir la marcha de aquélla sin buscar su causa en estos.

Lo más probable es que muchos dispusieran su conocimiento y actividad literaria para fines políticos, defendido intereses de un partido al calor de conflictos ideológicos, algo innegablemente discutible, como nos permite reflexionar el texto, pero muchas posiciones liberales representaron una expresión que marcaba la diferencia a pesar de la persecución religiosa tanto en la política como en las letras que se cernía sobre la sociedad para dicha época, igualmente, quienes abrazaron los dogmas religiosos, se permitieron dejarle a la crítica un legado valioso para desarrollarse posteriormente.

Después de todo bien lo dice George Steiner en Lenguaje y Silencio:

(...) el crítico puede actuar de intermediaron y guardián. Parte de su cometido es constatar que un régimen político no puede imponer el olvido o la distorsión a la obra de un escritor (...)